La app de Factuza para Android
Versión de pruebas. Se instala a mano, todavía no está en Google Play.
La app es todavía para probadores invitados.
Cómo instalarla
- Toca el botón de descargar desde el propio móvil o tablet.
- Android avisará de que el archivo puede ser peligroso porque no viene de Play. Elige Descargar igualmente.
- Abre el archivo descargado. La primera vez, Android pedirá permiso para instalar aplicaciones desde el navegador: dale a Ajustes, activa Permitir desde esta fuente y vuelve atrás.
- Toca Instalar.
Al abrirla por primera vez solo verás la pestaña Ajustes, y es a propósito: hasta que no estén tu NIF y tu nombre o razón social no aparecen las de Emitir, Facturas y Clientes. Esos dos datos viajan dentro de cada registro y entran en el cálculo de la huella, así que no se pueden corregir después sin romper la cadena.
Qué trae la 0.19
Dos sitios por los que la app todavía se podía cerrar, tapados. Esta versión no trae nada que se pueda usar: existe porque quedaban dos huecos en la red que se puso en la 0.17. Uno está al volver a Emitir trayendo algo de otra pantalla —«Nueva como esta», rectificar una factura, o volver de la agenda con un cliente elegido—: ese volcado se hacía sin red, y si algo hubiera fallado ahí se cerraba la app entera. El otro, al abrir la agenda para elegir cliente, que ocurre a mitad de una factura sin terminar. Ahora los dos avisan y siguen, en vez de cerrarse.
Va también una corrección pequeña que sí se nota: la pantalla de Emitir se pintaba dos veces seguidas cada vez que entrabas en la pestaña, por una línea repetida. Ahora se pinta una y entra algo más rápida.
Y por debajo, fuera del móvil: el diagnóstico que se sube cuando algo falla en Azure ya no arrastra al repositorio los identificadores de la suscripción, del inquilino, el correo ni el nombre del servidor de la base de datos —no son contraseñas, pero son las señas de la casa—, y el rastreador de credenciales del taller, que miraba en todos los ficheros menos precisamente en ese, ahora también lo mira.
Qué trajo la 0.18
Dar de alta un cliente con una foto. Si tienes delante una factura suya —o una tuya de las de antes, o el PDF que te mandó por correo— ya no hace falta teclear sus datos. Entras en Clientes, le das a añadir y arriba del formulario sale «¿Tienes una factura suya?». Le haces la foto ahí mismo o eliges un archivo del móvil; vale igual una foto que un PDF. La app saca el nombre, el NIF y la dirección y los escribe en los campos.
Se lee dentro del teléfono. La imagen de la factura no se manda a ningún servidor, ni al nuestro ni al de nadie. La primera vez, el sistema se descarga el lector de texto; a partir de ahí funciona también sin cobertura.
Hay una cosa que la app se niega a hacer, y conviene explicarla porque es la que de verdad importa: adivinar. En toda factura salen dos NIF, el de quien la emite y el de quien la recibe, y decidir cuál de los dos es el cliente no es leer, es elegir. Si tu NIF está puesto en Ajustes, la app tacha tu parte y se queda con la otra sin preguntarte nada. Si no puede saberlo con seguridad —porque falta tu NIF, o porque el papel no rotula quién es quién— te enseña los dos y eliges tú. Colar un NIF equivocado con cara de seguro sería lo peor que podría pasar aquí: ese NIF se copia dentro de cada factura que le emitas y entra en el cálculo de la huella, y después ya no se corrige.
Por lo mismo, lo leído no se guarda solo: se escribe en los campos, donde puedes corregirlo, y guardas tú. Y el lector aparece únicamente al dar de alta un cliente nuevo, nunca al editar uno que ya tienes, para que una lectura torcida no pueda pisar un dato que ya estaba bien. Repasa siempre el NIF antes de guardar: sale de una foto, no de un registro oficial.
Qué trajo la 0.17
El IVA de la ficha de la factura, bien. Esto importa si facturas con más de un tipo de IVA en la misma factura, que es lo normal en un oficio: mano de obra al 21 % y material al 10 %. Hasta ahora la ficha de la factura enseñaba una sola línea de IVA, la del primer tipo, así que una factura de dos tipos se veía en el móvil como si fuera entera al 21 % y la cuota que ponía ahí no coincidía con la del PDF que le habías mandado al cliente.
Conviene decir exactamente qué estaba mal y qué no: el PDF siempre estuvo bien, y el registro que se firma y se encadena también. Lo que estaba mal era lo que se leía en una pantalla. Ninguna factura emitida está mal por esto.
Ahora esa ficha enseña una línea por cada tipo, con la base sobre la que se aplica cada uno, y enseña además lo que antes no salía: las líneas exentas con su causa, la inversión del sujeto pasivo, los suplidos y el recargo de equivalencia. Esas líneas se calculan en el mismo sitio del que salen las del PDF, así que las dos no pueden volver a decir cosas distintas.
Y ninguna pantalla puede ya cerrar la app. Esto no se ve, y es la lección que dejó la 0.16: aquel cierre lo provocaba una pantalla que no supo pintarse, y como no había nada que parase el error, se llevaba la aplicación entera por delante. Ahora todas las pantallas van con red debajo. Si un día alguna no consigue pintarse, se queda coja esa y se te dice —«esta pantalla no ha salido entera», con la advertencia de que no se ha borrado nada—, en lugar de cerrarse la app. El detalle técnico queda apuntado y sale arriba de Ajustes con un botón para copiarlo y mandarlo.
En las pantallas donde se edita algo —la ficha de un cliente, un presupuesto, una plantilla de las que se repiten— la red hace además otra cosa: si no se abrieron enteras, se bloquea el guardar a propósito. Guardar escribe lo que haya en los campos, y los campos que no llegaron a rellenarse escribirían en blanco el NIF, la dirección o el vencimiento de un cliente que sí los tenía, y esos datos van copiados dentro de cada factura que se le emita.
Qué trajo la 0.16
Arreglado el cierre nada más abrir. Si la app se cerraba sola justo después de la pantalla del logotipo, esta versión lo arregla.
La causa era una sola línea de la pantalla de Ajustes. Pedía un color al catálogo de la aplicación de una forma que en el móvil no llega a los colores que viven en un fichero aparte: en vez de contestar «no lo tengo» —que es justo lo que esa línea daba por supuesto, tanto que llevaba al lado un color de repuesto que no se usaba nunca— lanzaba un error y se llevaba la app por delante.
Estaba escondido desde la 0.9 porque solo salta al llegar a esa pantalla, y mientras no has puesto tu NIF esa pantalla es la única que hay. De ahí que en un móvil recién instalado se cerrase nada más abrir, y que en uno ya configurado no se notara. Ahora el color va escrito directamente en el código y no depende de ningún catálogo.
Con el arreglo van dos cosas más, que son las que impiden que el mismo tipo de tropiezo vuelva a costar tanto. Ajustes se pinta ahora por secciones independientes —el logotipo, los colores, el ejemplo de la factura, la versión y el estado de la copia—, así que una que falle se queda ella sin pintar en lugar de arrastrar a las demás y al formulario del alta. Y si aun así la pantalla no llegara a cargarse entera, el botón de guardar se bloquea a propósito: unos ajustes a medias tienen los campos vacíos, y guardarlos escribiría esos huecos encima de tu NIF y tu nombre, que entran en la huella de cada factura y después ya no se corrigen.
Se mantiene todo lo que trajo la 0.15, que es lo que ha permitido encontrar esto en una tarde en vez de a ciegas.
Qué trajo la 0.15
Si la app se cierra sola, ahora te lo cuenta. Esta versión no trae ninguna función nueva: tapa un agujero por el que un cierre inesperado se quedaba para siempre sin explicación, que es el peor sitio en el que puede estar un programa que se instala a mano en un móvil, sin cable y sin ordenador donde mirar.
Lo que pasaba era esto. La app daba el arranque por bueno en cuanto se pintaba la pantalla del logotipo, y la parte pesada —montar las pestañas y todos sus servicios— viene después. Si se cerraba justo ahí, el fallo quedaba apuntado como un tropiezo con la app ya en marcha; la vez siguiente abría con normalidad, se estrellaba en el mismo sitio, y el detalle del fallo, escrito dentro del móvil desde el primer intento, no llegaba a verse nunca. Un bucle de logotipo y cierre sin una sola pista.
Ahora el arranque no se da por bueno hasta que la app lleva doce segundos de pie de verdad. Si se va antes, al volver a abrirla sale una pantalla roja con el detalle técnico y un botón para copiarlo y mandarlo a soporte. Doce segundos y no dos porque hay trabajo que arranca a propósito con retraso —la copia automática, la comprobación de versión— y un fallo suyo es igual de mortal y se repetiría igual.
Va también un rastro de migas para el caso peor: los cierres que no dejan ningún error apuntado, los que vienen del propio Android por debajo. La app va anotando por dónde va el arranque y borra esa lista al llegar al final; si un día no llega, la lista aparece en la misma pantalla roja y dice hasta dónde llegó. No es la causa, pero es el sitio, que es lo que hacía falta.
Y mientras haya un aviso sin leer, la app no hace la copia automática del arranque. Si resultara ser precisamente ese trabajo de fondo el que estorba, repetirlo al abrir sería repetir el accidente, y no llegarías nunca a la pantalla desde la que poder contarlo. En cuanto lees el aviso, todo vuelve solo a la normalidad sin tocar nada.
Qué trajo la 0.14
Copias de seguridad que se hacen solas, y un rescate si el fichero de datos se estropea. Factuza guarda ahora dentro del propio móvil, sin que haya que pedírselo, las cinco últimas versiones de tus datos, y las va rotando.
Conviene decir con precisión de qué sirven y de qué no, porque una copia que se cree más segura de lo que es hace más daño que ninguna. Estas cinco protegen de tres cosas reales: un fichero que se corrompe a medio escribir, una restauración equivocada que se quiere deshacer, y un borrado accidental. No protegen de perder el teléfono, de que te lo roben, de que se moje ni de desinstalar la app, porque viven en la misma carpeta privada que los datos y se van con ella. Para eso sigue haciendo falta sacar la copia fuera.
Lo que cambia de verdad es lo que pasa cuando algo va mal. Hasta ahora, si la app no podía leer su fichero, arrancaba vacía y en silencio y el aviso llegaba semanas después, al cuadrar el trimestre. Ahora baja sola a la copia más reciente que sí se lea, y lo dice: en Ajustes aparece una banda que no se puede quitar con el día y la hora exactos de los datos que estás viendo, y con la única instrucción que importa en ese momento —comprobar cuál fue tu última factura antes de emitir ninguna más, porque la numeración y la cadena de huellas continúan a partir de lo que haya dentro de la app.
Desde Ajustes puedes además restaurar tú cualquiera de las cinco, y va por el mismo camino que un fichero importado de fuera: se comprueba la cadena, se te enseña qué hay dentro y se pregunta dos veces. Que la copia venga de dentro no es motivo para pedir menos ceremonia; es motivo para pedir la misma, porque es la que se hace con prisa.
Y la app ha dejado de fingir que con esto basta. Ahora sabe cuándo sacaste tu última copia fuera del móvil y cuántas facturas han entrado desde entonces, y te lo dice en una banda encima de la lista de facturas cuando de verdad toca: cinco registros nuevos, o un mes. Si haces tus copias, no verás esa banda nunca, que es exactamente el punto: un aviso permanente se deja de leer a la segunda semana y entonces tampoco se lee el día que hace falta.
Qué trajo la 0.13
Los borradores del trimestre. La app sabe perfectamente lo que facturas; de lo que compras sólo sabe lo que le digas, y esa es exactamente la mitad que falta para que un 303 signifique algo. En la pantalla nueva apuntas los gastos del trimestre y el IVA que soportaste en ellos, y salen las casillas del modelo con las cifras de tus facturas ya puestas.
Con el 303 van el 130 —que es acumulado desde el 1 de enero y no por trimestres sueltos, así que la suma la hace la app con lo que ya apuntaste antes, que es justo la que se hace mal a mano— y, si los activas, el 111 de las retenciones que le practicas a otros y el 115 del alquiler del local. La aritmética fiscal es la misma que la del servidor: los modelos viven en el motor, con sus pruebas, y la pantalla sólo pregunta y enseña.
Cada casilla dice de dónde sale su número: de tus facturas, de lo que has escrito tú o de lo que calcula el propio modelo. En un papel que mezcla las tres cosas, eso es lo único que permite saber qué hay que repasar. Y lo que no ha entrado en las casillas se dice aparte, con su importe delante: las operaciones exentas, la inversión del sujeto pasivo, los suplidos y el recargo de equivalencia existen y hay que declararlos, pero no ahí. Callarlos dejaría el borrador corto de dinero de verdad.
Todo se lleva en un PDF que pone BORRADOR en la cabecera, en el pie de cada página y en el nombre del fichero. No es una manía: un papel con casillas oficiales y aspecto de impreso se confunde solo si se le deja. Esto no presenta nada, no manda nada a la Agencia Tributaria y no es asesoramiento fiscal; sirve para llevárselo al gestor o para tenerlo delante mientras se teclea en la sede. Se llega desde el panel.
Qué trajo la 0.12
Esta versión no añade funciones: arregla la que menos se perdona, que es verla. La app se usa de pie, con una mano, a media mañana y muchas veces al sol, y estaba pensada para mirarse con calma. Las tarjetas van ahora blancas sobre un fondo gris en vez de al revés —gris sobre blanco son 1,05 a 1 de contraste y a plena luz sencillamente no se ve dónde empieza cada bloque—, y los bloques se separan con un borde, no con una sombra: una sombra al sol no existe.
Todo lo que se toca lleva un contorno que se ve. El gris de antes daba 1,4 a 1 sobre blanco, muy por debajo del 3 a 1 que se exige para el borde de un control, y el efecto era el que cabía esperar: un campo no parecía un campo. Además, las letras de los formularios suben a 17 y los campos y los botones principales a 56 puntos de alto, que es lo que mide la yema de un dedo.
Los presupuestos y las proformas pierden el rojo entero: van en gris grafito, con el borde discontinuo y con su etiqueta —PRESUPUESTO, PROFORMA— en la esquina donde una factura llevaría su estado. La ausencia de rojo es el mensaje: esto todavía no está facturado, y se ve sin leer nada.
Y al abrir la app ya no hay pantalla de entrada. Pedía un correo y una contraseña que no se comprobaba contra nada: cuatro toques antes de la primera factura a cambio de cero protección, porque las facturas están en el propio móvil y el móvil ya tiene su desbloqueo. Ahora se entra directo. El correo se ofrece una sola vez, cuando haces la primera copia de seguridad o el primer envío a la gestoría —que es el momento en que la pregunta se explica sola—, y se puede decir que no sin que vuelva a salir. La pantalla del logotipo se queda; lo que desaparece es el peaje.
Por último, una corrección de texto que importa más de lo que parece: al anular una factura, la app dice ahora que el registro de anulación queda encadenado y pendiente de envío a la Agencia Tributaria. Dar por comunicado algo que no ha salido del aparato es exactamente el malentendido que acaba en sanción.
Qué trajo la 0.11
Lo gordo: facturar hablando. En Emitir, arriba del todo, hay un botón de dictar. Dices la factura de corrido —«tres horas de consultoría a cincuenta euros para Talleres Gómez, NIF B12345678»— y la app saca el cliente, el concepto, la cantidad, el precio y el IVA. Entiende los números como se dicen («mil doscientos», «treinta y cinco», «una hora y media»), el IVA dicho de varias maneras, el «sin IVA» y el «IVA incluido», y separa varios conceptos de una misma frase en varias líneas.
Lo que no hace, y es lo importante: emitir. Lo dictado se te enseña antes de tocar nada, con el total delante y con el trozo de frase del que salió cada línea al lado, y sólo cuando le das a rellenar se vuelca en el formulario de abajo. Emitir sigue siendo un acto aparte, tuyo, después de haberlo leído. El motivo es concreto: un reconocedor de voz confunde «sesenta» con «setenta» y «dos mil» con «dos mil quinientos», y ese error no se oye al hablar, porque uno recuerda lo que dijo y no lo que la máquina entendió. Se ve leyéndolo. Y una factura emitida no se borra: se rectifica con otra factura.
Si tu aparato no trae reconocimiento de voz, o si estás donde no se puede hablar, hay una caja para escribir la misma frase: pasa por el mismo sitio y se entiende igual.
Además, tres cosas de las que se notan al abrir: una pantalla de portada con la marca, una pantalla de entrada con tu correo —todavía no comprueba nada contra nada, y siempre puedes entrar sin cuenta— y el botón de traer un cliente de la agenda, que ahora es ancho, pone Seleccionar cliente de la agenda y está justo encima de los campos que rellena, en vez de perdido en la esquina de la cabecera.
Y una aclaración que toca hacer: los presupuestos y las facturas proforma ya estaban en la 0.10. No se veían porque se llegaba a ellas desde el menú de los tres puntos, que Android esconde. Ahora se llega desde botones que están a la vista.
Qué trajo la 0.10
Lo primero, los presupuestos. Se hacen igual que una factura —mismo cliente, mismas líneas, mismos IVA y descuentos— pero un presupuesto no es una factura y la app no finge que lo sea: no gasta número de tu serie, no entra en la cadena de huellas y no cuenta como facturación mientras el cliente se lo está pensando. Sale en PDF, con su validez, para mandárselo.
Cuando lo acepta, se convierte en factura sin volver a teclear nada: ahí sí coge número, se encadena y aparece en tu lista como cualquier otra. Si lo rechaza, se queda apuntado con el motivo, que dentro de seis meses es justo lo que no te acuerdas.
Y lo segundo, las facturas recurrentes: las igualas, las cuotas y los mantenimientos. Se define la plantilla una vez —cada semana, cada mes, cada trimestre o cada año, con el día que toca, con fecha de inicio y de fin si la tiene— y la app se encarga de avisarte de lo que hay que emitir. También de lo que se quedó atrás: si estuviste dos meses sin abrirla, te enseña los dos periodos pendientes, hasta doce hacia atrás. En el concepto puedes escribir {periodo} y {año} y te los rellena, así que «Iguala de {periodo} {año}» sale como «Iguala de octubre 2026» sin que la toques.
Lo que no hace, y es a propósito: emitir sola. No hay botón de «emitir todas». La app te dice qué toca, te enseña el número que va a salir y lo emites tú, de una en una. Un número de factura no se deshace, y una aplicación que factura mientras duermes es una aplicación que un día factura a un cliente que se dio de baja el martes.
Una consecuencia que conviene saber: una factura recurrente lleva la fecha de su periodo, no la del día que la emites, porque la iguala de octubre recuperada en noviembre es de octubre y declara en su trimestre. La única excepción es cruzar el año: un periodo de diciembre que recuperes ya en enero sale con fecha de enero. Es lo que evita repetir un número de factura, y la app te lo avisa antes de emitirlo.
Qué trajo la 0.9
Lo primero, el calendario fiscal. La app ya sabe qué te vence y cuándo: el 303 y el 130 de cada trimestre, el 111 y el 115 si retienes, el 390 de enero y el 347 de febrero, con las fechas reales —incluida la domiciliación, que cierra cinco días antes que la presentación y es donde se pilla más gente—. Y no es un recordatorio genérico: al lado de cada vencimiento va la cifra que te va a tocar, calculada con tus facturas del periodo. Saber que el 20 de octubre hay que pagar es una cosa; saber que son 1.240 € es otra, y es la que hace que el dinero esté.
Aparece en el panel, con lo que vence primero delante, y cuando falten doce días o menos sale también en una banda encima de la lista de facturas, que es la pantalla donde de verdad se entra. Conviene decirlo claro: son avisos dentro de la app, no notificaciones del móvil. Si no abres la app, no suena nada. Las notificaciones de Android llegarán más adelante.
Y lo segundo, tu logotipo y tu color en la factura. Se ponen en Ajustes, se guardan solos en cuanto los eliges y salen en el PDF que recibe tu cliente: el logotipo arriba a la izquierda, encima de tu nombre —que sigue saliendo, porque el nombre y el NIF son obligatorios y una imagen no los sustituye—, y tu color en el titular, en la raya de la cabecera y en la caja del líquido a percibir.
Lo que no se tiñe, a propósito: el sello de ANULADA, las bandas de aviso y la marca VERI*FACTU. Ese rojo no es decoración, significa algo, y pintarlo de tu color convertiría un aviso en un adorno. Si eliges un color claro, las letras se oscurecen solas lo justo para que se lean sobre el blanco del papel: en la pantalla del móvil, con fondo oscuro, un amarillo corporativo se ve perfectamente, y en el folio impreso que abre tu cliente no se ve nada. La app te avisa cuando ha tenido que hacerlo.
Nada de esto viaja a la Agencia Tributaria ni entra en la huella: no cambia ni un importe. Sí conviene saber que el logotipo aparece también en las facturas ya emitidas, porque el PDF se vuelve a dibujar cada vez que se comparte. Es inofensivo, pero si reenvías una de marzo la verás con la marca de hoy.
Qué trajo la 0.8
Lo grande es la anulación. Hasta ahora, una factura emitida por error se quedaba puesta. Ya se puede anular, y conviene entender qué significa eso, porque no es borrar: la factura conserva su número y su huella, se queda en el histórico marcada como anulada, y lo que se añade a la cadena es un registro nuevo que dice que quedó sin efecto. El número no se reutiliza jamás. A partir de ahí deja de contar como facturación, desaparece de lo que hay que cobrar y de lo facturado al cliente, y el PDF sale marcado como ANULADA en todas sus páginas, para que quien ya lo tuviera sepa que no hay que pagarlo ni deducirlo.
Antes de anular nada, la app pregunta si lo que hace falta no será rectificar. La diferencia importa: anular es para la factura que no debió existir; si la operación se hizo pero la factura tiene algo mal, lo que toca es una rectificativa. Anular lo que había que rectificar borra una operación real y descuadra el trimestre.
El NIF se comprueba mientras se escribe, el tuyo y el del cliente, con el algoritmo oficial de DNI, NIE y CIF, y sin conexión. No impide escribir: avisa debajo del campo y vuelve a avisar antes de emitir. Es el único dato de una factura que se puede teclear mal sin que nada chirríe, y entra en el cálculo de la huella, así que después de emitir ya no se corrige.
Y desde Ajustes se prepara el envío a la gestoría: eliges el trimestre o el año y la app monta un ZIP con los PDF de todas las facturas del periodo, el CSV para importar y un resumen de bases y cuotas separadas por tipo de IVA, que es como se rellena el 303. Las anuladas van en su propia carpeta y no suman. Es lo que se hace cuatro veces al año y hasta ahora consistía en rebuscar en el correo.
Qué trajo la 0.7
Lo primero, algo que hasta entonces faltaba y que no es un extra: la copia de seguridad. Las facturas viven solo en el teléfono, que es exactamente lo que se pierde cuando se pierde el teléfono, y la obligación de conservarlas cuatro años sigue siendo tuya. Desde Ajustes se guarda una copia en el correo o en la nube con un toque, y se restaura igual de fácil: antes de dejarla entrar, la app recalcula la cadena de huellas del fichero y te enseña qué contiene —de qué emisor, cuántas facturas y de qué fechas— para que confirmes con los datos delante. Hay también exportación a CSV para el asesor, con punto y coma y coma decimal, que es lo que abre bien un Excel español.
Después, el control de cobros. Cada factura puede llevar apuntado lo que se ha cobrado, entero o a plazos, y la lista lo enseña: lo pendiente, si está vencida y desde cuándo. Se puede filtrar por sin cobrar, vencidas o cobradas, y buscar por número, cliente, NIF o concepto. Un cobro no es un registro de facturación —no se firma ni se remite— y por eso sí se puede corregir y borrar, al revés que la factura, que no se toca nunca.
Tocando el resumen que hay sobre la lista se abre el panel: lo facturado en el año y en el trimestre en curso, comparado con el mismo punto del año pasado, los últimos doce meses en barras y la antigüedad de lo que está sin cobrar, para saber si lo que falta lleva una semana o lleva un año.
Y desde el detalle de una factura salen las dos cosas que se hacen con una factura ya emitida: repetirla —misma factura, fecha de hoy, número nuevo— y rectificarla, por diferencias o por sustitución. Ninguna de las dos emite nada por su cuenta: las dos abren la pantalla de emitir con todo puesto para revisarlo antes de firmar.
Qué trajo la 0.6
Una factura ya puede llevar varias líneas, cada una con su cantidad, su descuento y su tipo de IVA, y el resumen que se ve al pie lo calcula el mismo motor que después firma el registro: lo que enseña la pantalla es exactamente lo que se emite, sin diferencias de un céntimo. El campo de concepto sugiere lo que ya has facturado antes, con el precio que le pusiste.
Hay además una agenda de Clientes con NIF o documento extranjero, dirección, vencimiento habitual y recargo de equivalencia, de modo que hacer la factura número doscientos al cliente de siempre no obliga a teclear otra vez sus datos. Si ya tenías facturas emitidas, la agenda se rellena sola a partir de sus destinatarios. Editar o quitar una ficha no toca ninguna factura ya emitida: los datos del cliente van copiados y firmados dentro de cada una.
Sobre las actualizaciones
La app comprueba al abrirse si hay una versión más nueva y te avisa. Esto no es un capricho: la versión del sistema informático viaja dentro de cada registro de facturación y entra en la cadena de huellas, así que si alguna vez hay que retirar una versión, la app dejará de emitir —nunca de dejarte consultar lo ya emitido— hasta que actualices.
Sin conexión no se bloquea nada: se puede facturar igual.
Si algo va mal
Escribe a soporte@obtechnologies.com contando qué hacías y qué pasó. Recibirás un número de ticket.